Monstruo


El fuego se movió rápido. Muy rápido. Lo cazó cuando intentaba llegar al segundo piso de una casa que no era la suya. Cuando las llamas le besaron, llevaba a la niña en brazos, no pudo cubrirse la cara. Despertó en el hospital, arrancado de su letargo por un dolor indescriptible. La niña había fallecido y él tendría el rostro marcado de por vida.

Fue un accidente. Fue doloroso. Todavía lo es: cada día consigue cubrir algunas cicatrices al ponerse la camisa, los vaqueros, pero nada puede disimular sus mejillas, su nariz, su barbilla. El fuego lo devoró vivo.

De pequeño celebrara el Día de Todos los Santos yendo al cementerio. La tumba del abuelo, las flores, el silencio. La mirada vidriosa de su abuela. Era un día solemne. Hoy en día prefiere celebrar Halloween. Cuando cae la noche sale vestido de calle, como un día cualquiera, y se acerca a alguna fiesta. La gente lo ignora. No es suficientemente vistoso. Hay una monja zombi, un perro decapitado, un vampiro de etiqueta y un friki vestido de dragón del Bubble Bobble. Siempre hay algún friki.

De vez en cuando se le acerca alguien a preguntarle qué maquillaje utiliza. "Te ha quedado realista que te cagas". Es fácil. Basta con meterte en una casa en llamas, tratar de sacar a la amiga de tu hermana de ocho años en brazos y perder el conocimiento en el rellano del segundo piso. Si la chica muere le da más realismo. No a las quemaduras, esas dependen del fuego, pero sí a la oscuridad en la mirada. Al odio que te escupe el espejo cada día al recordarte que tú sí y ella no. Héroe.

Durante horas se deja llevar. Intenta ser uno más. La noche avanza y cuando cruza esa mirada con alguien percibe indiferencia. Las mejores horas son entre las once y las cinco de la mañana. Son las horas más negras en la noche en que santos y muertos van de la mano. Uno más. Rodeado por niñatos que ni saben qué es Halloween, ni entienden qué es ser un monstruo. No comprenden que un susto es pasajero pero su pesadilla es continua. El miedo a cerrar los ojos, a dormirse, a volver a estar allí: sentir su peso sobre su pecho, su cabello acariciándole el cuello, desmayarse sabiendo que no podrá salvarla, que morirá de espaldas al suelo con una chiquilla abrazada a su cuerpo. Ese miedo, ese miedo ha calado en cada surco de su piel seca.

Los últimos garitos cierran a las seis. Hay menos gente disfrazada a su alrededor. Hay más gente serena, sobria y vestida como Dios manda. Poco a poco deja de ser invisible. Apartan la mirada. Asusta a los niños.

Media sonrisa torcida desgarra su mejilla. Su Halloween empieza ahora.

2 comments:

  1. Como la vida misma.

    Buen post.

    Saludos desde Rickeby.

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