100 motivos (o más)


Vaya palo. Hace un año celebrando el Euro-Betis y mira dónde estamos. Una plantilla que duele por su falta de entrega, un banquillo convertido en silla eléctrica y un consejo que parece una amenaza. Y a Segunda.
Qué mal le sabe la plata a quien ha probado la miel: miel de éxito, de respeto, de ilusión. Miel de buen juego. La plata sólo agudiza el agujero que dejó Mel. La plata, maldita sea, será el campo de batalla del año que viene. Los hay que fichan diamantes, otros ficharán cada fin de semana en las trincheras de segunda línea del fútbol español.

Árbitros, desidia, falta de medios y una mala suerte asfixiante. Lo único que dio la talla este año fue la afición. Como siempre. Esa afición que cuando pierde el equipo increpa… a los que van a los entrenamientos buscando saldar cuentas. Esos soldados rasos que se tragan su orgullo y se dicen que no, que al campo se va a animar, tratando de hacerle entender a Fulano o Mengano que llevar esa camiseta es un privilegio. Esa gente que, entre Europa, copa y liga se ha plantado en el campo los jueves, viernes, sábados, domingos, lunes, martes y miércoles –tiene miga la cosa– porque el escudo no entiende de calendarios ni horarios.

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El Atleti era el pupas, el maneras de palmar de Sabina; el Betis es el manquepierda. Mira donde está cada uno. Aunque comparar es odioso, ventajista e injusto valga el símil para recordar que “manquepierda” es una declaración de lealtad, no de intenciones. Manquepierda significa “yo te seguiré allá donde vayas, yo estaré orgulloso de llevar tu escudo, yo animaré hasta quedarme sin voz”; pero manquepierda no es aceptar la derrota como algo natural, tampoco es que una plantilla se vea colista a mediados de febrero y decida que yo voy cobrando lo que me toca y el año que viene, si eso, ya veremos. Manquepierda empieza con Musho Betis.

Este es en un club inmenso pero humilde, histórico pero sufridor. Ahora toca demostrar que es un club ambicioso, hambriento, tenaz, perseverante, ganador. Que el año que viene salten once lobos de primera vestidos de corderos de segunda, y que el equipo confirme su vuelta a la liga Santánder, Bankia o BBVA –uno ya se pierde– a mediados de febrero.

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Ya lo dije aquella primera vez: desafortunadamente, no soy Bético. Sin embargo, azares de la vida hicieron que me cruzara con ese club, ese amor y esa filosofía de vida que supone ser del Betis.
Hay muchos motivos para ser del Betis. Miles, millones. Si se hiciera un libro resumiendo, algo así como, no sé, '100 motivos para ser del Betis' –porque de lo contrario habría que hacerlo por tomos– sería un inmenso privilegio formar parte de él. Imagínate: un culé confeso perdido en Finlandia que nunca pisó el Villamarín formando parte de una ilustre lista de corazonadas que hacen de ese equipo algo único en el mundo. Sería un orgullo indescriptible.
Quien sabe, igual ese sería el motivo número 60: ser del Betis porque, aunque lo intenten, los que no lo son nunca podrán sentir lo que sentimos. Perdón, lo que sientes. Bueno, ya me entiendes.

En el fondo, ya lo dijo Sabina antes de escribir el himno del centenario Atleti: nos sobran los motivos.
Y yo añado: nos sobra la ilusión y las ganas de volver a Primera.

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Texto escrito a prisas y corriendo para celebrar el recibo de mi ejemplar de '100 motivos para ser del Betis'.

Gracias a Daví por hacerme descubrir el increíble universo del Betis.
Gracias a Daniel Gil Pérez por incluirme en su libro (texto editado y ofrecido por la patilla por la causa).
Gracias a Beticismo por partida doble (ojito a mi intervención estelar radiofónica).

Y, sobre todo, gracias a todos los Béticos por la increíble acogida desde que se publicó el original.









Monstruo


El fuego se movió rápido. Muy rápido. Lo cazó cuando intentaba llegar al segundo piso de una casa que no era la suya. Cuando las llamas le besaron, llevaba a la niña en brazos, no pudo cubrirse la cara. Despertó en el hospital, arrancado de su letargo por un dolor indescriptible. La niña había fallecido y él tendría el rostro marcado de por vida.

Fue un accidente. Fue doloroso. Todavía lo es: cada día consigue cubrir algunas cicatrices al ponerse la camisa, los vaqueros, pero nada puede disimular sus mejillas, su nariz, su barbilla. El fuego lo devoró vivo.

De pequeño celebrara el Día de Todos los Santos yendo al cementerio. La tumba del abuelo, las flores, el silencio. La mirada vidriosa de su abuela. Era un día solemne. Hoy en día prefiere celebrar Halloween. Cuando cae la noche sale vestido de calle, como un día cualquiera, y se acerca a alguna fiesta. La gente lo ignora. No es suficientemente vistoso. Hay una monja zombi, un perro decapitado, un vampiro de etiqueta y un friki vestido de dragón del Bubble Bobble. Siempre hay algún friki.

De vez en cuando se le acerca alguien a preguntarle qué maquillaje utiliza. "Te ha quedado realista que te cagas". Es fácil. Basta con meterte en una casa en llamas, tratar de sacar a la amiga de tu hermana de ocho años en brazos y perder el conocimiento en el rellano del segundo piso. Si la chica muere le da más realismo. No a las quemaduras, esas dependen del fuego, pero sí a la oscuridad en la mirada. Al odio que te escupe el espejo cada día al recordarte que tú sí y ella no. Héroe.

Durante horas se deja llevar. Intenta ser uno más. La noche avanza y cuando cruza esa mirada con alguien percibe indiferencia. Las mejores horas son entre las once y las cinco de la mañana. Son las horas más negras en la noche en que santos y muertos van de la mano. Uno más. Rodeado por niñatos que ni saben qué es Halloween, ni entienden qué es ser un monstruo. No comprenden que un susto es pasajero pero su pesadilla es continua. El miedo a cerrar los ojos, a dormirse, a volver a estar allí: sentir su peso sobre su pecho, su cabello acariciándole el cuello, desmayarse sabiendo que no podrá salvarla, que morirá de espaldas al suelo con una chiquilla abrazada a su cuerpo. Ese miedo, ese miedo ha calado en cada surco de su piel seca.

Los últimos garitos cierran a las seis. Hay menos gente disfrazada a su alrededor. Hay más gente serena, sobria y vestida como Dios manda. Poco a poco deja de ser invisible. Apartan la mirada. Asusta a los niños.

Media sonrisa torcida desgarra su mejilla. Su Halloween empieza ahora.

Estás a tiempo

La tormenta estalló hace demasiados años. Demasiados como para seguir llamándola crisis pudiendo llamarla estafa o encerrona.

Primero fueron los meses de la incredulidad: el crucero español -el indestructible "Champions Lig Deluxe"- empezó a hundirse a un ritmo vertiginoso. Luego, cuando todavía luchábamos por salvar parte de la carga, comprobamos que no sólo era agua lo que nos tiraba hacia el fondo: la bodega estaba llena de un fango negro y espeso con un denso olor corrupción que daba arcadas. Y ese fango venía de fábrica. Pensábamos ir cargados de lingotes de oro descubiertos en primera línea de playa y resulta que íbamos de mierda hasta las trancas.
El Gobierno empezó a intentar achicar aquello como pudo pero las bombas eran de 1975 y estaban algo oxidadas. Se decidió no comprar nuevas bombas, de fabricación alemana, porque costaban un huevo, de fabricación china porque la calidad era dudosa y las americanas no se pudieron adquirir porque nadie en el gobierno hablaba inglés. Las vías de agua se acrecentaron ajenas a planes A, B, C, D y E -que empezáramos por el E ya es toda una señal de previsión y planificación- y el resto de países abrieron una porra para adivinar cuándo pediríamos los botes salvavidas. Con un pasado reciente cimentado en constructoras, lo lógico era un futuro inmediato nadando entre escombros y un futuro lejano emigrando en pateras aéreas lowcost en busca de hoteles que limpiar por cuatro cuartos.


La Final Electoral


Últimamente se percibe una sensación en España de resignación democrática. La gente se queja, hay manifestaciones, concentraciones, pero a la hora de votar siempre ganan los mismos. Esto hace que tanto los fieles de la izquierda como los leales de la derecha se hayan acostumbrado a ganar y perder, en alternancia. Lo peor que les puede pasar es quedar segundos pero incluso eso tiene la ventaja de poder estar cuatro añitos poniendo a caer de un burro a los de la trinchera de enfrente. También sucede que los que abogan por el cambio pierden la esperanza y acaban tirando la toalla. Y, al final, la campaña electoral queda un poco deslucida. Es como la Liga española: Barça o Madrid, y el resto a soñar despiertos. Unos se reparten los títulos, otros las mayorías.

El espíritu de Juanito

Panem et circenses es una expresión antigua, fíjense que está en latín y todo, forjada durante las horas bajas del Imperio Romano -para los de la ESO: después de los dinosaurios pero antes de la Guerra Civil- que todavía funciona en pleno siglo XXI. Basta con percatarse, por ejemplo, de que durante algunas fases del año hay partidos de fútbol siete días a la semana. Liga, Copa, Liga de Campeones y UEFA -o "Champions y Europa League" si hablan inglés. De lunes a domingo, previas, tertulias, debates, crónicas, encuestas, comentarios, rumores. O sea, para todos los gustos. Un no-parar balompédico, un continuo frenesí goleador.

Mamá


Al poco de nacer no tenemos ninguna duda. Por algo será que nuestra primera palabra es "mamá".
En aquellos primeros meses, Mamá es la verdad absoluta, la calma en un abrazo, el sueño en una nana. Mamá lo es todo.

Luego descubrimos que el mundo es más grande, que hay más personas y muchas trastadas por hacer. Crecemos, nos autoproclamamos independientes y mamá deja de ser el centro del universo. Ponemos un cartel de "no molestar" en la puerta de nuestro cuarto y, pasados unos años, abandonamos el nido. "Ella me ayudó a dar los primeros pasos pero ahora puedo caminar por mi cuenta".
En efecto, puedes caminar o incluso correr más rápido que ella. Puedes saltar, comer, ducharte y vestirte solo. Es más, no te ruborices, pero eres capaz de sentarte en el trono y gestionar tus cositas sin la ayuda de nadie. Sin embargo, no siempre fue así. Aunque ya no te acuerdes, hubo una época en todo lo que hacías pasaba por sus manos. Para que te hagas una idea, tu madre es la mujer que más veces te ha visto en pelota picada. Con diferencia. No lo olvides.

Ser madre es guiar nuestras primeras aventuras, admirar nuestros garabatos -a ser posible sobre papel y no sobre gotelé- y disfrutar de nuestra dulce inocencia infantil. Ser madre también es vernos tomar nuestras propias decisiones, luchar por nuestros sueños y convertirnos en hombres hechos y derechos. Ser madre es un orgullo.
Todas las mujeres del mundo son madres en vigencia o en potencia; todas tienen la llave para alcanzar el sentimiento más profundo de cuantos se pueden describir: el amor de una madre por su hijo. Ser madre es un viaje increíble a lo más profundo de dos corazones unidos. Amor incondicional, amor imperativo.


Súper-dúper-tupper guay


Hace unos días las redes sociales volvieron a hervir con la palabra “tupper” de protagonista. El jaleo vino por el texto en el que uno de los referentes de la blogosfera española, Kurioso, contaba que un bufete de abogados le había mandado una carta en la que le instaban a retirar una de sus entradas “por menoscabo a la distintividad de la marca”. Tal cual.

Más allá de que la palabra “distintividad” no exista en el diccionario de la RAE –es lo bueno que tiene estudiar Derecho, puedes alargar palabras, retorcerlas, complicarlas, cualquier cosa con tal de meterle miedo al personal– lo hermoso del asunto fue que el bloguero en cuestión –ochenta mil seguidores en Twitter– no se amedrentó y contestó con un elegante “verdes las han segado”. Elegante, bien explicadito y de paso les presentó a los abogados a una tal Barbra Streissand. Un ejemplo de manual. Precioso de tan previsible.

Papá



Por la primera vez que te tuvo en sus brazos. Su corazón se aceleró, emocionado, el tuyo se relajó, sosegado.
Por la primera vez que te vio en brazos de tu madre, dormido, y despertó en su interior una intensa sensación mezcla de alegría, orgullo, nervios. Esa hermosa losa de responsabilidad cayendo sobre sus hombros, hombros de padre de familia.

Por todo lo que aprendiste con él.
Por todo lo que te queda por aprender si tienes la suerte de tenerlo a tu lado.
Por su memoria, por su recuerdo, por la herida abierta si la desgracia truncó su camino. Por la nostalgia al recordar su olor, su voz, sus ojos leyéndote el alma. Por la huella indeleble que dejó en tu vida.